Julio 2011

Respeto por decreto

Estos días estuve pensando, lo cual es peligroso, en el asunto de los colegios profesionales para ingenieros en informática, y me he dado cuenta, por fin, de uno de los motivos por lo que ese tipo de organizaciones me dan tan mala espina.

He estado mirando en las webs de varios de esos colegios, y uno de los temas que se repiten continuamente es el del respeto. “Para que se respete nuestra profesión”, “que se nos dé el respeto que merecemos”, etc., etc. (No son citas literales, ojo).

Sin embargo, el respeto por decreto no existe. Por ejemplo, el principal objetivo de la SGAE es, ostensiblemente, que se respete a los autores y editores. Ya me diréis cuánto éxito tiene esa organización, y cuánto respeto reciben Alejandro Sanz o Ramoncín cada vez que la SGAE cobra el 10% de la recaudación de un recital benéfico. Del mismo modo, no puedo imaginarme qué puede hacer un colegio profesional para “hacer que se respete la profesión” sin conseguir que mis posibles clientes me desprecien más. “Oiga usted, que para hacer este trabajo tiene que contratar por ley a un ingeniero informático colegiado” no es forma de ganarse el respeto de nadie.

El respeto no se obtiene con leyes. El respeto se gana día a día, en el trabajo y tratando con los clientes, jefes y compañeros de trabajo. Una persona que hace un mal trabajo no es respetada. Una persona que no es capaz de hacerse valer no es respetada. Una persona que trata mal a sus compañeros o subordinados no es respetada. Siendo una persona como es debido, haciendo un buen trabajo y exigiendo lo que mereces; así es como uno se gana el respeto de los demás. Y lo demás son tonterías.

El Día de la Independencia

Este lunes es el cuatro de julio, que es cuando aquí en los EEUU celebran su “Día de la Independencia”. El Día de la Independencia es el día en que todos los chavales que hayan cumplido los dieciocho años y, por lo tanto, sean legalmente adultos, abandonan el hogar paterno y se independizan.

Seguro que habéis visto esta tradición decenas de veces, ya que es el inicio de montones de películas americanas: el campus de la Universidad lleno de recién llegados pisando todo el césped, y los coches dando vueltas alrededor de un macizo con el escudo de la Universidad, hasta que la cámara se acerca a un coche que se detiene y, por pura casualidad, consigue aparcar en el mejor sitio de todo el campus y sin necesidad de hacer maniobras. Un chaval se baja del coche y mira con asombro y un poco de aprensión toda la fauna y flora que le rodea, y su padre, que es judío y lleva gafas, le da un abrazo lateral, estrechándole los hombros, y le dice: “¡bueno, por fin estamos aquí!” Y, por si no quedaba claro, añade: “¡la universidad!”

La escena que esas películas no muestran es cuando, esa noche, los padres llegan a casa, y se dan cuenta de que por fin están solos, y de que pueden hacer lo que quieran, donde quieran, y cuantas veces quieran. Y de tanta alegría que les entra, lanzan fuegos artificiales, y los vecinos se reunen a admirarlos. Cada año, entre cuatro y seis millones de personas cumplen los 18, así que, como os podéis imaginar, el cuatro de julio hay un montón de fuegos artificiales...