El guante y el duelo

En estos tiempos en los que se han perdido las buenas costumbres del pasado, ya nadie sabe cómo desafiar a otra persona a un duelo. Como ejemplo de mi afirmación pondré a Homer Simpson, que en un episodio deambula con un guante en el bolsillo, listo para dar un guantazo a quien se cruce en su camino y decirle: “señor, lo desafío a un duelo”.

El problema es que Homer lo está haciendo mal.

En aquellos buenos tiempos pasados, había varias formas de solucionar las cuestiones de honor: las ofensas más leves se podían solucionar con una disculpa, pero las más graves causaban tal daño al honor de uno, que sólo era posible repararlo mediante la celebración de un duelo.

Y con esto llegamos a la función de los guantes en los duelos. Hoy en día, mucha gente piensa que, cuando uno era insultado y quería reparar su honor mediante un duelo, debía darle un guantazo a su ofensor. Sin embargo, en realidad se hacía al revés: el caballero ofendido se quitaría el guante y lo arrojaría delante de su ofensor; se suponía que éste debía, entonces, recoger el guante y abofetear a la persona originalmente insultada.

Esto se hacía así porque un guantazo era el insulto más grave que se podía infligir a un caballero, y sólo se podía reparar en un duelo. Por tanto, este gesto obligaba a reparar en duelo una ofensa que, en principio, se habría podido resolver por otros medios.

Uno podría pensar que el resultado final sería el mismo si el ofendido fuese quien le diera el guantazo al ofensor; sin embargo, esto haría que se inviertieran los papeles de “desafiante” y “desafiado”, con lo que eso supone a la hora de decidir quién elige el sitio y la hora, y quién elige las armas.

(Por supuesto, generalmente no era necesario dar realmente el guantazo; con recoger el guante ya se consideraba que el guantazo estaba dado y el desafío aceptado. Ahora bien, si uno todavía tenía ganas de seguir insultando, no había nada que le impidiese dar el guantazo).

Espero que, después de leer esto, sepáis qué hacer la próxima vez que necesitéis desafiar a alguien a un duelo.