El abrazador desconocido
Por Jacobo Tarrío
27 de febrero de 2002

Casi siempre tengo dificultades para recordar caras (y distinguirlas; a menudo me cuesta distinguir entre dos personas), o para recordar nombres, o las dos cosas. Supongo que me pasa en mayor medida que a los demás, porque cuando yo no espero que recuerden a alguien, suelen hacerlo. Hay gente que es absolutamente incapaz de reconocer caras; esa enfermedad se llama prosopagnosia (yo no llego hasta ese extremo).

Pero, en fin, no iba a hablar de eso. El caso es que, a pesar de ello, cuando alguien que no conozco me saluda, me quedo algo confundido. Normalmente, lo primero que supongo es que se han equivocado de persona; lo malo es cuando persisten en su “equivocación”, y lo peor es cuando me dicen: “¡hola, Jacobo!". Entonces que me quedo confundido.

Si la cosa no pasa de ahí, no pasa nada; respondo, hablo, etc (ahora, eso si, nunca pregunto su nombre; ¿qué opinarías si alguien con el que estás hablando en persona te pregunta “¿quién eres?", como si hablara contigo por teléfono). Cuando ya me espanta la cosa es si mi interlocutor me abraza, me da palmadas en la espalda, etc; y yo, todo el rato sin saber quién es.

Hoy me ha pasado varias veces (con la misma persona, y sigo sin saber cómo se llama, dónde se supone que lo conocí, etc), y todavía no se me ha pasado la impresión.

Ayer oí en el programa de radio “La Ventana” que se había publicado en Los Ángeles un folleto de buen comportamiento ante un famoso: cómo hacer que Hollywood siga siendo un buen sitio para que los famosos vivan. No es que yo sea famoso (todavía), pero creo que no sería mala idea aplicar esas reglas conmigo: “hola, no te acordarás de mi, soy tu madre” y cosas por el estilo ;-)”

Otros artículos sobre “Tirando Líneas (2002-2004)”, “reconocimiento de caras”.
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